Cuarentena

Crónicas de un sueño IV

Del aprendizaje en casa. En el futuro, pero sin internet.

La madre hablaba con palabras entrecortadas por el llanto, expresándole al rector del colegio que su hija estaba angustiada, desesperada, y lloraba, pensando en el retorno a clases, después de las vacaciones que el gobierno decretó a raíz de la pandemia del coronavirus. Ana y su hija se sentían excluidas desde ya de las actividades y de las reuniones que habrían de realizarse, habida cuenta de no tener manera de conectarse a la internet.

De pronto llegó la pandemia y el país tuvo que enfrentar al coronavirus con lo que tenía. Y la educación se vio golpeada por las carencias. En el sector privado más pudiente las cosas fueron más sencillas. Los estudiantes contaban con los dispositivos y la conectividad que les posibilitó interactuar con sus docentes. En otros colegios de bajos recursos, las cosas fueron similares a las de los colegios oficiales. Para atender la crítica coyuntura el Ministerio de Educación y el Mintic unieron fuerzas para consolidar un portal educativo de navegación gratuita que no consumía los datos de los usuarios (https://movil.colombiaaprende.edu.co/). Sin embargo, para ello resultaba indispensable tener al menos servicio de telefonía celular con voz y datos. Se activó también un programa de internet a bajo costo denominado “la última milla”, sobre todo para estratos 1 y 2, sin embargo en medio de la lucha por la sobrevivencia, pagar conectividad no era propiamente una necesidad básica que los más empobrecidos estuvieran dispuestos a asumir. Se previó dotar de unos 77.000 computadores con contenidos educativos a 637 instituciones oficiales del país, para entregar sobre todo a los docentes de zonas rurales que podrían así orientar desde su casa las actividades de aprendizaje de los estudiantes.

Loables esfuerzos los que hacía el gobierno para favorecer a los estudiantes de los sectores más populares, pero Ana y su hija, así como miles de familias en todo el país, seguían sin poder conectarse a la internet. Al pensar en que la niña se iba a quedar atrasada con respecto a los demás estudiantes, crecía el desespero de ambas. Otra alternativa fue planteada por el Secretario de Educación quien dijo que se podrían enviar talleres por parte de los docentes para ser policopiados y entregados a los estudiantes. Pero, en medio de la cuarentena, también los trabajadores administrativos fueron conminados a quedarse en casa, a realizar su trabajo desde allí. Y, en caso de que estos asumieran el compromiso de ir hasta los colegios, existía en la ciudad y en el país una restricción para la movilidad de los ciudadanos, con el fin de evitar más contagios y muertes por el coronavirus. Había que evitar la concentración o aglomeración de personas a toda costa. Al fin y al cabo eran los tiempos de la pandemia. Ya se sabía por esos días que en Dinamarca se había autorizado el retorno a clases pero garantizando un distanciamiento de los estudiantes, entre pupitre y pupitre, de al menos dos metros.

Felipe era docente de Religión. Siempre había sido reacio a manipular el computador y a participar en los cursos que periódicamente, desde hacía algún tiempo, se programaban con el fin de que los maestros aprendieran las claves, los conceptos y el uso de las nuevas tecnologías de la informática y la comunicación. A sus 60 años era ya muy largo el camino recorrido en la educación para dedicarse a última hora a hacer una inmersión en un océano de conocimientos y de símbolos que le parecían extremadamente complicados y, sobre todo, inútiles. Fue de los que aprendió las canciones en la escuela, con maestros que las escribían en el tablero, con tiza, y luego las cantaban. En muchas ocasiones, no había ni grabadoras. Luego vio el surgimiento y el paso de las casettes, las videograbadoras, las Beta y las VHS, los walkman, los discman, hasta que a mediados de los noventa se fueron popularizando los computadores y la gente se fue conectando a la red mundial de información. El nombre de internet se hizo popular y poco a poco indispensable. Hasta el momento en el que la pandemia lo golpeó, Felipe solamente se había visto obligado a utilizar computador e internet para “subir” las calificaciones de sus estudiantes. El proyecto Tita que el Ministerio de Educación promovió en el país, lo pasó de lado, o, mejor, él no quiso estar allí. La mayoría de sus colegas, en cambio, sintió o intuyó que no se podía quedar del tren, que había que subirse y hacer los aprendizajes indispensables para no ser atropellados por las nuevas tecnologías y conocimientos, pero, sobre todo, para que las nuevas generaciones no los cogieran despistados. Los “nativos digitales” llegan al mundo con las nuevas tecnologías incorporadas.

Alvin Toffler había escrito en el Shock del Futuro en 1973 que “En los tres decenios escasos que median entre ahora y el siglo XXI, millones de personas corrientes, psicológicamente normales, sufrirán una brusca colisión con el futuro…muchas de ellas…encontrarán creciente dificultad en mantenerse al nivel de las incesantes exigencias de cambio que caracterizan nuestro tiempo”. Sin duda al maestro Felipe y a muchos de sus colegas le había ocurrido esto. El futuro, la “Tercera Ola” de la que hablara el futurólogo, los estaba arrollando.

Felipe le informó a su rector que él no tenía cómo acceder a internet, cómo conectarse. El rector le contestó que no estaba a su alcance dar solución a ese problema, pero que le recomendaba pedir la ayuda de algún colega con el fin de que pudiera adquirir lo indispensable para poder comunicarse con sus estudiantes durante el período de estudio en casa. A la primera teleconferencia realizada mediante el uso de Zoom, la que para muchos era una novedosa plataforma, Felipe no asistió. Directivos docentes y docentes tendrían que ponerse de acuerdo en los procedimientos, en los contenidos y en las tecnologías que habrían de utilizarse. Era por tanto indispensable la participación de todos. Felipe fue el único ausente. Sin embargo, a la segunda teleconferencia, Felipe llegó. Allí estaba su imagen. Posiblemente consiguió la ayuda que necesitaba y decidió que por ningún motivo se quedaría atrás. Nada era imposible para él y lo demostraría. Así lo hizo.

El rector se había apresurado a conseguir la información necesaria para poner al servicio de la comunidad educativa todos los recursos y potencialidades de la plataforma que habitualmente venían utilizando los docentes y la mayoría de las instituciones educativas de la ciudad. Mediante las reuniones virtuales se pudieron socializar los instructivos para su uso y se hicieron los acuerdos para establecer el nexo con los estudiantes y sus familias. La Secretaría de Educación informó a los directivos docentes, que estaba disponible una plataforma que funcionaría con el correo que cada usuario, docente o estudiante, tendría que crear. Una herramienta denominada classroom, estaba lista para ser utilizada y puesta al servicio del aprendizaje en casa, en el marco de una gran estrategia denominada “CaliEducaEnCasa”. Todo muy sencillo y de fácil acceso, excepto para aquellos que como Ana y su hija no tenían ninguna posibilidad de acceder a internet.

Heidy, la hija de Ana, cursaba grado undécimo, quizás por eso su angustia. Ya casi a punto de finalizar sus estudios de bachillerato, no podía avanzar por la carencia de los recursos para ello. El rector se preguntaba qué pasaría con estudiantes de otros grados. Julia, la madre de un estudiante de grado noveno, le hizo sentir que la situación de Heidy era la misma de muchos otros. No era el caso de su hijo, porque en su casa había computador y conectividad, pero varios de sus compañeros no sabían qué hacer para poder recibir los trabajos y tareas asignados por los docentes. Julia escribió al rector diciendo que era injusto que se diera una situación de esas; cómo podría ser justo que unos pudieran avanzar en sus aprendizajes mientras otros se tenían que quedar con las manos cruzadas por una real carencia de recursos, afirmaba con cierto encono. Algunas maestras y maestros de primaria y preescolar especialmente, se preguntaban también cómo harían para desarrollar el aprendizaje con los niños y las niñas de tan bajas edades, aún en el caso de que algunos tuvieran recursos para comunicarse.

Muchos maestros y maestras, así como sus directivos, se mostraron sumamente interesados en encontrar la manera de apoyar a sus estudiantes en todos los aspectos, no solo en el académico, que siendo importante, no lo llenaba todo, dado que los niños, las niñas y los adolescentes estaban pasando por circunstancias muy difíciles y angustiantes. Para todos, el encierro forzoso era algo estresante, pero para algunos de ellos era verdaderamente desesperante porque tenían que convivir con su familia en espacios muy pequeños y sin tener la garantía de que al menos podrían desayunar, almorzar y comer diariamente. En ciertos casos, el encierro pudo también haber generado un incremento de la violencia intrafamiliar, mal endémico en el país y también el número de suicidios. En España, la alcaldesa de Madrid, Ada Colau, reclamaba al gobierno nacional sacar a los niños del confinamiento. “La situación es insostenible. Escribo como alcaldesa y como madre de dos niños de 9 y 3 años, que llevan más de un mes sin salir ni un solo día, cosa que no entienden…Mamá, si yo no tengo el virus y no puedo hacer daño, por qué no puedo salir? Yo no tengo ninguna culpa. Semana tras semana se pelean cada día más entre ellos, tienen ataques de tristeza, de rabia, es casi imposible mantener un horario, ni un orden, ni hacer deberes, ni nada de nada”, decía, casi angustiada la alcaldesa. En Colombia, cosas similares estaban pasando.

El gobierno acopió recursos y organizó equipos para llevar alimentos hasta los hogares más necesitados, pero resultó evidente que a muchos no llegaron. En algunas ciudades se pudieron ver las protestas de personas a las que no les importó el riesgo de contagiarse al reunirse con otras sin cumplir con los protocolos exigidos, todo por gritar y exigir a los gobernantes que la situación era ya insostenible, que el hambre los acorralaba. El país estaba prácticamente paralizado. Solo los servicios esenciales podían prestarse. Más del 40 por ciento de la población vivía del trabajo informal y este no se podía ya desarrollar.

Desde Italia, Francia y España, países que afrontaban las peores situaciones a causa de la pandemia, exceptuando a Estados Unidos, llegaban noticias de que el año escolar que debía concluir en el verano (junio) se daría por terminado sin que ningún estudiante pudiera ser reprobado, es decir, ninguno podría perder el año. Algunos docentes y directivos dijeron que algo así debería pasar en su país, aunque la situación era diferente porque el año lectivo apenas estaba en sus comienzos. En todo caso, insistían los educadores, ¡ningún estudiante se nos puede quedar atrás, ninguno! ¡Ni uno menos!, parecía ser la consigna.

Ante el reto de descomunales proporciones, los maestros y las maestras se agigantaron. Buscaron, conjuntamente, estrategias, tácticas, tecnologías, procedimientos, para comunicarse con sus estudiantes y ayudarlos a enfrentar las duras y, para muchos, trágicas circunstancias. Cuando fue necesario hacerles llegar los alimentos, muchos de ellos, con sus directivos, a pesar de estar todos en vacaciones, se movilizaron, la mayoría desde la distancia, a control remoto, otros yendo hasta los lugares de distribución, asumiendo los riesgos que ello implicaba. En todo caso, no iban a permitir que el alimento no llegara a sus pupilos. Hasta hablaron de aportar algún dinero, un porcentaje de su salario para contribuir a la satisfacción de las necesidades básicas de los más urgidos, eso sí, no querían aportarlo a la caja común abierta por el gobierno, por el temor de que sus aportes se perdieran, en medio de la rampante corrupción que afectaba al país, incluso en los peores momentos de la pandemia. Y todo esto, a pesar de las ansiedades e incertidumbres que a ellos también les afectaban. Muchos no estaban realmente preparados para pasar, de manera tan abrupta, a la educación remota o virtual, además de los dramas familiares que cada uno podría estar viviendo.

En las redes sociales de los docentes, estos intercambiaban mensajes acerca de una nueva plataforma o link en el que se podían conseguir actividades apropiadas para tal o cual grado, otros motivaban a su colegas a no dejar de lado la situación emocional de sus estudiantes, que para eso al fin y al cabo tanto tiempo habían hablado en pedagogía de la inteligencia emocional, de las inteligencias múltiples, de la habilidades para la vida y de tantas otras cosas que ahora tendrían que servir para algo de veras útil en el apoyo a los estudiantes y a sus familias. Además de las plataformas ya referidas, algunos utilizaron redes sociales como Facebook, Whatsapp e Instagram, el celular, las redes existentes entre estudiantes de los mismos grupos e incluso entre padres y madres, porque en algunos colegios el consejo de padres era una organización muy fuerte y activa. Pensaban en hacer llegar a sus estudiantes una palabra sanadora, de aliento, vital, en medio del encierro. Tomaba para ellos más trascendencia la pregunta sobre cuál sería el proyecto de vida de cada uno, algo que nunca más se podría olvidar a la hora de acordar las esencias de los planes curriculares. ¿Calificaciones? Probablemente era lo que menos les preocupaba. Más bien, pensaron, había llegado la oportunidad para retomar la evaluación cualitativa. Mucho había por hacer, que la transversalización curricular, que acabar con la compartimentación del conocimiento en disciplinas de poco interés para los estudiantes, que la pedagogía diferenciada, que los ciclos, acabar con la repitencia de una vez por todas, etc. Muchos retos fueron llenando el imaginario de los docentes y los directivos.

Así fue como Heidy y Ana no se quedaron solas y pudieron enfrentar la crisis con el apoyo de los maestros y los directivos de su institución educativa, y también de algunos estudiantes. Quizás no pudo Heidy avanzar de la manera que ella lo hubiera querido, ni obtener los resultados de alto nivel que se había propuesto, pero sí pudo constatar que su sufrimiento y sus angustias eran compartidos y comprendidos por otros, por sus compañeros y también por sus maestros. El aislamiento forzado por la pandemia mortal, fue para ella y su familia una oportunidad para dimensionar de otra manera la solidaridad, la generosidad y la sensibilidad humana. En medio del sueño o casi pesadilla que era la pandemia, ellas llegaron a pensar que sí, que quizás sí fuese posible un mundo diferente, uno en el que el egoísmo, la discriminación, el lucro y la injusticia no fueran los factores determinantes. No tenían solucionado el problema del internet, ni de otras necesidades materiales, pero aprendieron algo realmente estimulante y trascendente: eran parte vital de una comunidad, ¡se sintieron comunidad!

Para la salud, la vida y la paz, todo! Para la guerra y la muerte, nada!

Cali, abril 17 de 2020, en el XXVII día de cuarentena por la pandemia del coronavirus, con 3233 contagiados, 144 muertos y 550 curados en Colombia, y 2.100.000 contagiados, 140.000 muertos y 510.000 recuperados en el planeta.

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