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Convivencia en medio de la Pandemia

Algunas prácticas restaurativas

Mary está sola. Aislada en su casa. Vivía con su marido, pero este contrajo el virus y tuvo que ser internado con cuidados intensivos. Desde ese día no lo volvió a ver. Ayer le dijeron que su esposo había muerto. Nada se pudo hacer. Y… ¿ella? Sola, y sin poder salir, ¿qué podrá hacer? No puede salir porque ella también debe estar contagiada, aunque aún no han llegado los resultados de sus exámenes. Los vecinos le ayudan con la comida, y se comunican con ella. ¿Cómo vivir un momento de estos, así, sola, sin poder estar con su esposo en la despedida a la eternidad, sin poder contar con el apoyo físico y moral que se suele recibir de los familiares y amigos en los funerales?

Ester salió a la calle. Es una mujer mayor, tiene más de sesenta. Gritó ante los medios de comunicación que prefiere morirse por el contagio a ver morir sus hijos de hambre. Con el cierre de los negocios, ella, vendedora ambulante, se quedó sin ingresos y la ayuda prometida por el Estado aún no le llega.

Estas son solo algunas de las escenas que hoy se pueden estar viviendo en cualquier lugar del mundo. Hombres y mujeres conviviendo con la soledad y en las circunstancias más difíciles y casi insoportables, a causa de la pandemia del Covid-19-Coronavirus. Otros tienen la fortuna de convivir en el encierro con sus cónyuges. Algunas son familias completas, padres, madres, hijos, algunos con abuelos y nietos, unos con espacio suficiente, muchos en áreas tan pequeñas que apenas se pueden desplazar sin tropezar con los demás. ¿Cómo afrontar situaciones tan complejas y estresantes? Una cosa es convivir así por unas horas al día, en la seguridad de que en cualquier momento se puede salir a tomar aire y cambiar las condiciones de la convivencia. Ahora no. Es de obligatoria aceptación.

Algunos conviven en medio de las tensiones que genera el enclaustramiento, pero con la garantía de disponer de los alimentos y elementos necesarios para satisfacer las necesidades básicas. Otros, miles, millones, conviven en medio de la escasez o de la carencia, hasta del agua, recurso esencial en esta coyuntura que vive la humanidad.

Hemos visto escenas en las que las autoridades de policía o grupos de autodefensa golpean con garrotes a las personas que desobedecen la orden del enclaustramiento. Cada infractor esgrime sus razones, la autoridad simplemente dice que la ley debe cumplirse, y golpea, castiga, físicamente. Las escenas corresponden a un país civilizado y democrático. Es la India. Pero podría ocurrir en cualquier país o nación. Los miedos nos van rompiendo, nos van poniendo en circunstancias extremas. A los violadores de las normas, que ponen en riesgo a los demás, hay que contenerlos. ¿El fin justifica los medios? Medios violentos usados para reprimir los actos considerados extremadamente peligrosos. Convivir en medio del temor e incluso del pánico. Arriesga que se rompan ciertos valores que se han construido en la convivencia civilizada. El nacionalismo extremado (chauvinismo), el cierre de las fronteras, el odio y rechazo general a los migrantes de otras naciones, el rechazo indiscriminado a personas sospechosas de estar contagiadas, son expresiones de estas rupturas. ¿Cómo abordarlas sin que nos lleven a situaciones sin retorno?

La valoración de la vida en toda su dimensión nos obliga a admirar y magnificar hasta los niveles del heroísmo el trabajo de los ejércitos blancos, de médicos, médicas y enfermeros y enfermeras, del personal científico de la salud. Todos los demás ejércitos deben ponerse a su servicio. Son ellos, los defensores de la vida, los que permiten ganar la guerra (parece que aquí debemos admitirla) contra el enemigo brutal y desconocido, los que deben primar, a ellos se debe proteger en primer lugar; es a ellos, a quienes se debe obedecer. Convivir en medio del respeto superlativo y especialísimo por los hombres y mujeres que protegen a la humanidad entera. Reproche total a los violentos, a los ejércitos que siguen matando gente, en Siria, en Colombia, en Yemen, en…en tantos lugares de la tierra. Invoquemos con el Santo Padre, con las Naciones Unidas, con todos los hombres y mujeres que aman la paz, que cesen el fuego de la muerte, que aporten aunque sea un granito a la defensa de la vida.

Convivir con líderes muy poderosos del planeta que maximizan los intereses económicos y políticos, supeditando a ellos la vida y la seguridad de sus pueblos. Claro, alegan que si la economía cae, habrá más muertes y caos. ¿Primero la economía? O, ¿primero la vida? Preguntemos a Trump, a Bolsonaro o al mismo López Obrador, en México. En Estados Unidos, el presidente decidió no aislar a la población, no tomar las medidas extremas de toque de queda, incluso piensa que todas las escuelas deberán funcionar normalmente en unos días. Aún hay algunas abiertas. Han sido algunos gobernadores los que han decidido el enclaustramiento de sus poblaciones (alguna similitud con Colombia). Los parques nacionales en cambio, siguen abiertos. Y crece el número de contagiados (ya más de 100.000) y de muertos. ¿Irresponsabilidad? Depende desde donde se le mire. Los republicanos parecen respaldar plenamente esas decisiones, las que favorecen, en principio, a los empresarios y clases privilegiadas. Sabemos que los más afectados son siempre los más empobrecidos. Primero la economía. El líder responde así a pulsiones de adolescente más que a la madurez basada en la comprensión de la realidad, que exige el respeto por la vida y la seguridad de todos y de todas. Claro, no solamente, responde también a los magnates del petróleo y del capital financiero e industrial.

Convivir con el silencio y la soledad, así se han encontrado las plantas y los animales. En un planeta libre de la acción depredadora de esta especie animal sui generis que es la humanidad, los animales salvajes han retornado a espacios que les fueron vedados por mucho tiempo. Simbolizan la tragedia de lo que ha ocurrido con el planeta y una premonición de lo que podría ocurrir. ¿Podríamos convivir con ellos, en medio del respeto, en paz con la naturaleza? Ah! Que hablen los responsables de la minería descontrolada, del fracking, de las talas indiscriminadas de bosques, de las fumigaciones con glifosato y otros químicos, de la contaminación por tantos medios, de la destrucción de los páramos en la zona tropical. ¿Podría cambiar algo?

Convivir es vivir-con, es el relacionamiento de los seres humanos. ¿Qué es lo que se puede dañar o fortalecer en medio de la crisis sanitaria universal? Las relaciones, el vínculo entre humanos. Daños, heridas, causados por cualquiera de los factores antes enunciados.

Frente al miedo, el valor que da el afrontamiento colectivo del conflicto, la solidaridad. Fortalecimiento para evitar el pánico.

Frente al odio, el amor por y el cuidado del otro.

Frente a la exaltación del poder del dinero y de las armas, la valoración de la vida en el respeto profundo por quienes hoy la defienden aún a costa de sus vidas.

Frente al ruido de las malas noticias, el silencio temporal del retiro y la meditación (respiración abdominal, yoga, aquietar la mente y el espíritu), aún en medio del encierro.

Frente al surgimiento de las pulsiones perturbadoras y dañinas, la empatía, ser capaz de ponerse en el lugar del otro, de la otra.

Frente a las tensiones por el dolor y la angustia de las sinsalidas, el diálogo estimulante y liberador que permite escucharse el uno al otro, respetuosa y silenciosamente, incluyendo la posibilidad del perdón para quien nos ha herido o a quien hayamos herido por alguna razón.

Frente a la desesperanza y la desconfianza, la esperanza y la fe, el optimismo realista, con la convicción de que siempre, después de la noche llega el alba; habrá luz al final del túnel.

Frente a la soledad, el aliento vital de la amistad y la fraternidad, utilizando la tele-comunicación para respaldarnos y alentarnos.

Frente a las necesidades extremas de los demás, sanar un poco las heridas, restaurar las condiciones mínimas de existencia digna, contribuyendo a la seguridad alimentaria de algunas personas, aportando en dinero o en especie o yendo como voluntario a hacer entrega de alimentos a estudiantes (recursos de alimentación escolar) o a las familias necesitadas.

También podemos ofrecer apoyo a personas mayores o solas que no pueden salir a conseguir lo que necesitan para sobrevivir. Igualmente, se puede brindar apoyo a personas que, estando solas, necesitan a alguien que los escuche, haciendo uso de las tecnologías. Simplemente eso.

Convivir en un Estado al que debe exigirse apropiar recursos ingentes para ayudar a los más débiles, a quienes han perdido toda fuente de ingresos, recursos que deben salir en buena parte de aquellos que más tienen (de hecho, algunos ya lo han hecho); convocar una inversión social coherente con la magnitud de la tragedia sanitaria, económica y social. Inversión, no gasto. Inversión en la vida, en el tejido social. Además, se trata de una inversión en defensa propia. Si no… ¿Será posible?

Frente al egoísmo extremo del capitalismo neoliberal, la generosidad de quienes creen que aún un mundo mejor es posible, un mundo en el que, vencida la pandemia, la desigualdad insoportable no siga matando tantas vidas, humanas, animales y vegetales.

Cali, marzo 28 de 2020, en medio de la pandemia, con 608 contagiados y 6 muertos en Colombia, 10 recuperados.

Colombia, Covid 19, Recurso Humano